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Las murallas de Zamora

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El recinto amurallado germinal de la ciudad va desde el castillo hasta el templo de San Ildefonso, aprovechando el fuerte desnivel de los sectores norte y sur.

Fernando I pudo iniciar la construcción de un segundo recinto ceñido al estratégico roquedo para salvaguardar los núcleos de poder, fijando un reconocible eje urbano este-oeste al tiempo que se establecían nuevos burgos, pueblas (la Puebla del Valle, a la vera del Duero) e iglesias. El romancero alude a la Peña Tajada y sus veintiséis cubos, con una longitud de más de dos kilómetros y ocupando un total de 25 hectáreas, ocho puertas y varios portillos auxiliares que pudo ser el escenario del asedio sufrido por las tropas de Sancho II durante el cerco de Zamora. Hacia 1230 se irá alzando un nuevo recinto desde el torreón de Santa Ana hasta el de San Pablo, cercando el Burgo en cuyo interior convivía el caserío con parcelas ocupadas por huertos y eras. Surgiendo entonces la Plaza Mayor como centro urbano, desde donde arrancan las principales arterias de la ciudad: Santa Clara, San Torcuato o Balborraz. Se remataba la catedral románica y nacían los arrabales del Espíritu Santo, San Lázaro, San Frontis y la Vega. Zamora “la bien cercada” era para Juan Gil de Zamora (1250-1318) una valiosa Numancia.

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